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jueves, 12 de agosto de 2010

Poemas Antonio Cisneros






Antonio Alfonso Cisneros Campoy, nace en Lima-Perú el 17 de diciembre del 1942. Poeta, periodista, cronista, guionista, catedrático y traductor. Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Obtuvo el Doctorado en Letras en 1974. Perteneciente a la llamada “Generación de los 60” de la literatura peruana. Sus poemas se caracterizan por la frecuente alusión a aspectos de la literatura, la cultura y la vida contemporánea como material para las reflexiones del autor, que suele usar un sentido del humor irónico. Entre otras distinciones, en tanto que poeta, ha ganado el Premio Nacional de Poesía, el Premio Casa de las Américas, el Premio Cosapi de la Creatividad, el Premio Gabriela Mistral de la Organización de Estados Americanos, el Premio Iberoamericano José Donoso, el Premio de Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval, Aguas Calientes, la Orden de Caballero de las Artes y las Letras de Francia. El 8 de junio de 2010 recibió en Santiago de Chile el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, entregado y financiado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de ese país.





POEMAS






PARA HACER EL AMOR




Para hacer el amor debe evitarse

un sol muy fuerte sobre los ojos

de la muchacha tampoco es buena

la sombra si el lomo del amante

se achicharra para hacer el amor.

Los pastos húmedos son mejores

que los pastos amarillos

pero la arena gruesa es mejor todavía.

Ni junto a las colinas porque

el suelo es rocoso ni cerca de las aguas.

Poco reino es la cama para este buen amor.

Limpios los cuerpos han de ser

como una gran pradera: que ningún valle

o monte quede oculto y los amantes

podrán holgarse en todos sus caminos.

La oscuridad no guarda el buen amor.

El cielo debe ser azul y amable,

limpio y redondo como un techo

y entonces la muchacha no vera

el Dedo de Dios. Los cuerpos discretos

pero nunca en reposo, los pulmones abiertos,

las frases cortas. Es difícil hacer

el amor pero se aprende.




CAFÉ EN MARTIROK UTJA



Hay una lámpara floreada sobre el piano

y una estufa de fierro.

Bebes el vino junto a la única ventana:

un autobús azul y plata cada cinco minutos.

Pides el cenicero a la muchacha

(alta flor de los campos ven a mí).

La luz del otoño es en tu vaso

un reino de pájaros dorados.

Pero pronto anochece.

Los autobuses no son azul y plata,

el cenicero es una rata muerta,

el vaso está vacío.

La muchacha partió cuando encendieron

la lámpara floreada y tú mirabas

la lámpara floreada.

Puedes pedir otra jarra de vino,

pero esta noche no esperes

a los dioses en tu mesa.



LAS SALINAS



Yo nunca vi la nieve

y sin embargo he vivido entre la nieve toda/

mi juventud. En las Salinas,

adonde el mar no terminaba nunca

y las olas eran/dunas de salen las salinas,

adonde el mar no moja pero pinta.

Nieve de mi juventud prometedora

como un árbol de mango.

Veinte varas de sal

para cada familia de cristianos.

Y aún más.

Sal que los arrieros nos cambiaban

por el agua de lluvia.

Y aún/más.

Ni sólidos ni líquidos

los blanquísimos bordes de ese mar.

Bajo el sol de febrero destellaban

más que el flanco de plata del/lenguado.

(Y quemaban las niñas de los ojos.)

A veces las mareas

-hora del sol, hora de la luna-

se alzaban como lomos de caballo.

Más siempre se volvían.

Hasta que un mal verano

y un invierno las aguas afincaron para/tiempos

y ni rezos ni llantos pudieron apartarlas

de los campos de sal.Y el mar levantó techo.

Ahora que ya enterré a mi padre

y a mi hermano mayor y mis hijos/están

prontos a enterrarme,

han vuelto las Salinas altas

y deslumbrantes bajo el sol.

Hay también unas grúas

y unas torres que separan los ácidos del/cloro.

(Ya nada es del común.)

Y yo salgo muy poco pero Luis

-el hijo de Julián me cuenta que los

perros no dejan acercarse.

Si parece mentira.

Mala leche tuvieron los hijos

de los hijos de la sal. Puta madre.

Qué de perros habrá para cuidar

los blanquísimos campos donde el/marno

termina y la tierra tampoco.

Qué de perros, Señor, qué oscuridad.




TRANVIA NOCTURNO



Sido como fui el fauno real de Niza,

la pantera -de Argel- en el Hyde Park,

gárgola alegre del valle de Huamanga,

oh vedme convertido en el gorgojo tuerto del Danubio:

pimientos y vigilias sin rumbo y sin respuesta.

Virgen necia entre las vírgenes prudentes,

un solo ojo apestado que no ve

el cielo atrás del cielo, el triunfo de los hombres

que vendrán. Sin lámpara de aceite

que descubra las más verdes colinas

en los ojos de un borracho fondeado

en el tranvía a la hora del búho.

Campos de ámbar y avena que no oteo,

gorgojo que ahora evito:

No hay días venideros,

apenas un tranvía cargado de borrachos

como un carbón prendido entre la niebla.



LA ARAÑA CUELGA DEMASIADO LEJOS DE LA TIERRA




La araña cuelga demasiado lejos de la tierra,

tiene ocho patas peludas y rápidas como las mías

y tiene mal humor y puede ser grosera como yo

y tiene un sexo y una hembra -o macho,

es difícil saberlo en las arañas-

y dos o tres amigos, desde hace algunos años

almuerza todo lo que se enreda en su tela

y su apetito es casi como el mío, aunque yo pelo

los animales antes de morderlos y soy desordenado,

la araña cuelga demasiado lejos de la tierra

y ha de morir en su redonda casa de saliva,

y yo cuelgo demasiado lejos de la tierra

pero eso me preocupa: quisiera caminar alegremente

unos cuantos kilómetros sobre los gordos pastos

antes de que me entierren,

y ésa será mi habilidad.





Y ANTES QUE EL OLVIDO NOS



Lo que quiero recordar es una calle.

Calle que nombro por nonombrar

el tambo de Gabriel y el pampón

de los perros y el pozo seco

de Clara Vallarino y la higuera del diablo.

Y quiero recordarla antes que se hunda

en todas las memorias así

como se hundió bajo la arena

del gobierno de Odría en el año 50.

Los viejos que jugaban dominó ya no eran ni recuerdo.

Nadie jugaba y nadie se apuraba en esa calle,

ni aun los remolinos del terral

pesados como piedras.

Ya no había hacia dónde salir ni adonde entrar.

La neblina o el soleran de arena.

Apenas los muchachos y los perros corríamos tras el camión

azul del abuelo de Celia. El camión de agua dulce,

con sus cilindros altos de Castrol.

Yo pisé entonces una botella rota.

Los muchachos (tal vez) se convirtieron

en estatuas de sal. Los perros (pobres perros)

fueron muertos por el guardián de la Urbanizadora.

Y la Urbanizadora tenía unos tractores amarillos

y puso los cordeles y nombró como calles

las tierras que nosotros no habíamos nombrado.

(También son sólo olvido.)

Lo que quiero recordar es una calle.

No sé ni para qué.





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