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jueves, 17 de marzo de 2011

Poemas María Beneyto





María Beneyto Cuñat, nace el 14 de mayo del 1925 en Valencia-España. Poeta, escritora de cuentos y narradora. Su infancia la paso en Madrid, donde se traslada su familia por asuntos de trabajo y donde las cosas no van como se esperaba, ya que su padre director teatral no estrena ninguna obra. Una herencia le permitió dedicarse plenamente a la literatura. Sobre los años 50 hace amistad con otros poetas como; Alejandro Gaos, Pla i Peltran, Ricardo Orozco, Carles Salvador, Francesc Almela i Vives, Xavier Casp… estos últimos la animan a escribir en catalán. Publicó la colección “La Espiga”, los primeros poemas en está lengua, “Altra veu” (1952). En la misma colección aparece, “Ratlles a l’aire” (1956), y en mismo libro recibo el premio Ciudad de Barcelona, en este mismo año y lo editan en está misma ciudad. Al mismo tiempo había seguido escribiendo en lengua castellana con un notable éxito en sus escritos. En 1958 su actividad literaria se decanta por la prosa narrativa, publica otro libro poético: “Vidre ferirt de sang”, (1977).
Galardonado con el premio Ausiàs March del 1976. Premio de las Letras Valencianas, en 1992, Premio de la Crítica de poesía catalana, en 2003, por Bressoleig a l'insomni de la ira y Premio Lluis Garner, en 2009. Tiene más de cuarenta libros publicados, entre poemarios, novelas y cuentos, tanto en castellano como en catalán. Entre su obra narrativa se encuentran títulos como “La invasión” (1955), El río viene creciendo (1960), “La gent que viu al mon” (1966) y “La dona forta”, considerada como una de las novelas en valenciano más importante de la década de los 60.
Fallece en Valencia el 15 de marzo del 2011 a los 85 años de edad. Se fue una de las voces más emblemáticas de la poesía valenciana. Su ultima obra fue “El mar, desde la playa” (2000), en la que abordaba la poesía amorosa.






POEMAS


SONÁMBULA

Pasar cantando así, bajo la noche
como yo canto, como un ave ciega
que fuera hacia la luz por puro instinto,
¿os puede ser ofensa, compañeros?
Vosotros que vivís al borde mismo
del precipicio, que tenéis la casa
ya inclinada del lado del vacío,
¿perdonaréis que cante en esta hora?

Yo me inclino también. Pero no temo.
Allá en mi densa flora voy dormida
encerrada en paisajes de cretona
como en reales, sólidas prisiones.

No me digáis que entierre también esto
–la sencilla y absurda melodía
que me queda – después de darles tierra
a tantas hermosuras derruidas.

Mi canto es la primera voz del agua
corriendo entre las hierbas y las piedras.
No sabe detenerse, no se acaba.
Fluye, como yo fluyo en su corriente.
Estoy recuperando del olvido
el nombre primitivo de la vida.

Canto las cosas y los seres hondos
que no poseen voz o la perdieron.
¿Me oís cantar, sonámbula, en la noche
todavía rayada por la luna
segura, solitaria y aislada
con la voz de algún pájaro en desvelo?

Hasta el final he de cantar. Dormida.
Yo pasaré afirmándome tan sólo
por esta voz que me sostiene y guía,
delgada voz de amor fosforescente.

Y hasta en el caos, si es que el caos llega,
dejaré en la canción mi señal viva
como medida de esto inagotable
que en humano llamamos esperanza.


 

PUNTO FINAL

 

Iban los vencedores con sus himnos
y su orgullo, y su grito, por las calles.
Las palabras del júbilo eran rosas,
guirnaldas y banderas. Bienvenidas.

(Por la raya del mar, el barco iba
-el último de todos- hacia lejos:
el exilio, la angustia, el cielo extraño,
la extraña tierra... Sangre en las raíces.)


Ese himno ya no. !Callad, silencio...!
Tuvimos que aprendernos las palabras
del nuevo modo de salvar el mundo,
la música del pez en la pecera.


(Los himnos fenecidos, los pusimos
detrás de la memoria. Con ramajes
y camuflaje de hojas. Encerrarlos
era como enterrar la infancia en ellos.)


Desfiles. Tiempo nuevo. No pudimos
adaptarnos muy pronto. Más desfiles.
Quizá aquella gente extraña era,
en verdad, la verdad. Y la victoria.


(En la raya de Francia, los vencidos,
y en un flanco de España, la derrota:
los heridos, los vivos, y los otros.
El camino final. Y la posguerra.)


Se habló entonces de patria. De los hijos.
De Castilla la grande. Y en los montes
sólo una mano de la muerte
hacía la señal de la cruz sobre la guerra.


(Ellos tuvieron sólo el gran silencio.
Sólo su herida al lado de la tierra,
huesos que hay que olvidar. Muertos de España
a quienes nadie da nombre de muertos.)

 


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