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martes, 29 de noviembre de 2011

Poemas Joaquín Cifuentes Sepúlveda



(Joaquín Cifuentes Sepúlveda 1900-1929)


Joaquín Cifuentes Sepúlveda, nació el 1900 en San Clemente-Talca-Chile, conocido más cariñosamente por el “Ratón agudo”.  Fue un poeta de la generación del 1920 llamada los  animadores de la bohemia literaria al que pertenecía también su gran amigo Neruda, el cual escribiría a su amigo Joaquín unas letras en; “Residencia en la tierra” “Ausencia de Joaquín”, un fragmento de la misma dice; “Su costumbre de sueños y desmedidas noches, su alma desobediente, su preparada palidez duermen con él por último, y el duerme, porque el mar de los muertos su pasión desplómase violentamente hundiéndose, fríamente asociándose". Entre los años 1920 al 1922 escribió cuatro de los libros que se conocen de este autor: "Letanías del dolor",1917 "Esta es mi sangre" 1918, "Noches" 1919 y "La Torre" 1922. “Sus poemas son cantares del alma tristemente escritos con la dolencia del corazón. Un sentir que arrastra desde su adolescencia hasta su muerte, con unos lánguidos momentos de plenitud en sus sonetos, donde refleja esos momentos de melancolía, añoranza y carencias del escritor. Fallece en Argentina en 1929, dejando un legado maravilloso de unas letras consumadas.” Rosana Martí





POEMAS


MI JARDÍN ENCANTADO

La mire dolorosa y sentí dolorosa
y la viví en un sueño blando de eternidad.
Para mí fue la espina y para ella la rosa.
¡Rosa tan espinuda nunca vi en mi heredad!

Todo fue una mirada y otra y otra mirada…
mis labios no pudieron rebelar lo indecible.
En mis ojos ingenuos el imposible hablaba
y ella miro a mis ojos y no oyó al imposible.

Del jardín encantado que hice en mi soledad
y que ella perfumaba con la dulzura inquieta
de su andar silencioso lleno de gravedad,
ella cogió la rosa y yo por ser poeta
recogí sólo espinas y más espinas, más…
¡Rosas tan espinudas nunca vi en mi heredad!


UN PUÑADO DE TIERRA

Que me den esas manos agua bendita y fresca,
que me den, Madre mía, agua fresca y bendita;
que un albor de azucena en mi carne florezca
y que sea dulzura en el alma proscrita.

Me alentará la fuerza de la tierra olorosa
y el lagrimear ingenuo será flor de ilusión;
buenos brazos serpientes serán nudo de rosa
en el lanzamiento de la transformación…

Que me den un puñado de la tierra, que al cuerpo
transformara en simiente y lo hará germinar,
y cubrirá el recuerdo de nuestro ensueño muerto
tierra de sepultura que se hará eternidad.


ENTORNEMOS LOS OJOS

Entornemos los ojos y juntemos las manos
y dejémonos ir quietos por la corriente,
si nos zumba al oído el colmenar humano
entornemos los ojos, apretemos los dientes.

Y sigamos así, ciegos a las ajenas
ansias de atropellarse por mirar y mirar,
recojamos el polvo de las pisadas buenas
y hagámonos camino por entre el colmenar.

Y por fin llegaremos a una meta desierta
y allí nos dormiremos en una larga siesta
hasta que la caricia de otro sol nos despierte.

Una pregunta ingenua vagara en tu mirar:
-¿A dónde me trajiste? … y querrás arrancar.
Yo te diré al oído.- Estamos en la muerte.



MIS ROSALES

Están floridos mis rosales.
Ven amada, para prenderte los senos
una rosa granada de mis rosales en flor.

Soy el jardinero de las rosas blancas,
mira el suave fulgor de mis rosas y dime
si el rocío del otoño las vistió de blanco
o si fue una lágrima.

Están floridos mis rosales: una noche
me los dio en botón y un día me los abrió blancos.

Ven amada, a mi huerto para que juguemos
con las mariposas y las rosas: tengo
una rosa granada para tus senos.

Las manos benignas de la abuela fueron
las que hicieron huerto; las mías se ungieron
en la amarillez huesuda de las suyas
y plantaron rosas.

Ven amada, para prenderte
una rosa granada en los senos.


PRESENTIMIENTO

(y madura en mis labios una sonrisa amarga
el recuerdo angustioso de este presentimiento)

Esa mirada que persigo
huye de mí y no sé por qué…
tal vez los hombres la dijeron
que entre mis labios palpitaba
como una flor la maldición.

Seré un esclavo del perjuicio.
Nadie – mujer, hombre ni niño –
comprenderá mi pensamiento.

Celestinescos parlanchines
me harán el blanco de sus risas,
y esas dos manos que persigo
se alargaran con indolencia
para mostrar al hombre malo.

Nadie – mujer, hombre ni niño –
verá en mis ojos una lágrima
que trata en vano de entregarse.

Arrancaré del mundo ingrato
llevando en mi la maldición
de esa mirada que persigo;
tal vez allá en la lejanía
un andrajoso limosnero
de sus harapos me haga cama…



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