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sábado, 27 de febrero de 2016

El Erotísmo de Mario Vargas Llosa


Portada del Libro "Elogio de la Madrastra", Mario Vargas Llosa


En 1988 Mario Vargas Llosa premio Nobel de Literatura 2010, escribió una novela erótica “Elogio de la Madrastra“, se publicó ese mismo año en la colección “Vertical Sonrisa”, en el 1993 se publicó en la colección “Andanzas” y en 1997 en la colección “Fábula”, todas de la mano de la editorial Tusquets. 

En el libro se relata las consumaciones sexuales de un matrimonio burgués que sin grandes pretensiones ofrecen al lector una nueva perspectiva de su forma de ver la vida practicando el sexo alegremente y con descaro sin ningún reparo, frívolamente. 

Fragmento de “Elogio de la Madrastra”:

«Déjame respirarte, amor mío.» 

La olería y respiraría de pies a cabeza, con esmero y tesón, demorándose mucho en ciertas partes de aroma propio y particular y apresurándose en otras, insípidas; nasalmente la escrutaría y amaría, oyéndola protestar a veces entre risitas sofocadas:

«Ahí, no, mi amor, me haces cosquillas».

Don Rigoberto sintió un ligero vahído de impaciencia. Pero no se apresuró: quien espera no desespera, se prepara para gozar con más discernimiento y saber.

Llegaba a las postrimerías del ceremonial cuando, proveniente del jardín, filtrándose por entre las junturas de los cristales, subió hasta sus narices el penetrante perfume de la madreselva. Cerró los ojos y aspiró. Era un perfume sedicioso el de esta trepadora incoherente. Permanecía muchos días cerrada sobre sí misma, sin librar su aroma verde, como atesorándolo y recargándolo, y, de pronto, en ciertos momentos misteriosos. Del día o de la noche, en razón de la humedad del ambiente, o de los movimientos de la luna y las estrellas, o de ciertos discretos cataclismos ocurridos allá debajo, en el seno de la tierra donde se aposentaban sus raíces, descargaba sobre el mundo ese vaho agridulce y turbador que hacía pensar en mujeres morenas, de cabelleras largas y ondulantes y en danzas en las que, en el desenfrenado remolino de las faldas, se divisaban muslos satinados, nalgas prietas, tobillos finos y, fuego fatuo veloz, la madeja de un frondoso pubis.

Ahora sí – don Rigoberto tenía los ojos entrecerrados y era como si toda la energía hubiera huido del resto de su cuerpo para refugiarse en sus órganos reproductor y nasal -, sus narices estaban aspirando la madreselva de doña Lucrecia. Y mientras el tibio y denso perfume, con reminiscencias de almizcle, de incienso, de coles remojadas, de anís, de pescado en vinagre, de violetas abriéndose, de sudores de niña virgen, subía como una emanación vegetal o una lava sulfurosa hasta su cerebro, erupcionándolo de deseo, su nariz, mudada en sensitiva, podía también sentir ahora aquella fronda amada, el roce viscoso de la raja de candentes labios, el cosquilleo del húmedo velloncino cuyos sedosos filamentos hurgaban sus orificios nasales exacerbando aún más el efecto de narcótico vaporoso que le brindaba el cuerpo de su amada.







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