Bienvenidos a mi mundo de letras, espero disfrutéis de los escritos de mis colaboradores y de mis poemas, gracias por vuestra visita...

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Feliz Año 2011 Amigos Blogger@s





Este regalo me viene del blog de Isabella, muchas gracias
mi querida amiga.




Con mi mayor simpatía
quiero desearos a tod@s
una magnífica Nochevieja,
que el nuevo año llegue
con la ilusión que esperamos.


Quiero haceros llegar
mis mayores deseos de amor,
dicha y felicidad,
que no falte la salud
que tan beneficiosa viene.

Mis mejores anhelos,
desde mis mundos virtuales
que con vuestros comentarios
habéis hecho que mi corazón,
brille ante vosotros
con autentico esplendor.

Suerte desde mi alma
para cada uno de vosotros,
lo mejor del año que nos deja:
¡Mis amig@s bloggeros!,
os espero con ilusión
el nuevo año que se estrena.

No faltéis a la cita,
pues no quiero dejar a nadie
olvidado en el 2010,
gracias simplemente gracias,
por estar ahí siempre.

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martes, 28 de diciembre de 2010

Poemas Ana María Moix





Nace en Barcelona-España, en el 1947, narradora, poeta y traductora. De familia burguesa de lo más conservadora, forma parte del grupo de escritores “los novísimos”, junto a Gimferrer, Azúa y Panero, entre otros. Fue el único nombre femenino incluido en la antología “Nueve novísimos poetas españoles” de Josep María Castellet. Se la relaciona con el poeta Carlos Barral. Es licenciada en Filosofía y Letras. Colabora en diversas publicaciones de Madrid y Barcelona y ha sido jurado de diversos certámenes literarios. En la actualidad dirige las colecciones de poesía y relatos de la editorial Plaza y Janés. En 1970 gana el Premio Vizcaya de Poesía con “No time for flowers”, en 1985 el premio Ciudad de Barcelona con “Las virtudes peligrosas”, y en 1995 obtiene este galardón de nuevo con “Vals Negro”. Su hermano era el escritor Terenci Moix, ya fallecido el 2 de abril del 2003.



Obras poéticas:

Baladas del dulce Jim, 1969. Poesía.
Call me Stone, 1969. Poesía.
A imagen y semejanza. Barcelona: Lumen S.A., 1983. Poesía.






POEMAS




AQUEL HOMBRE DE OJOS ROJOS Y CHAQUETA AZUL...


Aquel hombre de ojos rojos y chaqueta azul venía
de muy lejos. Balbuceaba canciones por los parques y solía
relatar historias aparentemente sin sentido. Sin embargo,
parecía poseer un extraño entendimiento y saber
por qué algunos adolescentes lloran al despertar, herido
el pecho por el resplandor de la mañana.



NANCY FLOR BAILARÁ SIEMPRE...


Nancy Flor bailará siempre
porque Johnny ya murió.
Un bribón le dio la muerte,
nadie sabe a dónde huyó.
Fue testigo un pistolero
y en los bares de New York,
pasado luego a carcelero
contó la historia en un block.
Jim, Johnny y Nancy Flor
tres personajes de antología,
de apología,
extraña historia del terror.
Ella tenía los ojos grises,
Johnny pintaba flores de azahar,
Jim era dulce, un soñador.
Ella bailaba todas las noches,
Jim la soñaba en un bazar
rodeada de otros muñecos
que la adoraban por su candor.
Eran hermanos los dos adoradores
de Nancy Flor.
Por la calle caminaban
los tres en silencio,
mas el corazón no calla, traidor.
Y Jim lo supo.
Daban las doce en el cuco.
Caía el sol en la acera
y Dulce Jim vio un gran amor
en las dos sombras de Johnny y Nancy
Flor unidas a ras de tierra.
El dolor apenas quema
cuando nada queda en el hueco
de un antiguo corazón.
El asesino huyó de la justicia
pero le persigue el eco
de una loca ilusión
que con diabólica malicia
persiste en tener razón.
Una flor era Nancy para Jim,
mas una flor pintada antaño
por un solo enamorado
que no fue Jim, sino John.



ANDANDO EL TIEMPO SE VERÁN LAS CARAS...


Andando el tiempo se verán las caras,
esos que gritan por las esquinas
viva la revolución.
Degeneramos, compañeros. Preguntad
al mozo de telégrafos si le gusta
la historia de Rossy Brown.
Rossy partió bajo la luna,
una noche de fiesta en casa de Míster Brown.
Un caballero la envolvió en su capa
y a sus sueños la llevó.
Regresó luego, triste y perdida,
y a los pies de la mamá sollozó: Yo
no sabía qué me decía aquella noche,
verbena de San Juan, cuando
dije estoy cansada y tengo sueño,
mañana ya os veré.
Tengo una herida y un hijo muerto.
Sólo su capa Jim me dejó. Era mi dueño,
y aunque lo digan,
Jim nunca fue salteador.
Lo saben Rossy y la cocinera
que en el ajo estuvo en la ocasión: Jim
vuelve siempre. De madrugada su canción
canta a las muchachas
de negros ojos y dulce voz:
Un amor tiene cualquiera pero Dulce Jim, no.
Y es que el mozo de telégrafos está enamorado,
y no sabe qué hacer
para que la hija de la portera entienda
que no es muchacho del montón.



lunes, 27 de diciembre de 2010

Liberación





Matices de niebla
Enturbian mis ojos,
No veo más allá
De un muro,
No veo más allá,
Del terror,
Mis ojos arranco,
No deseo ver
Más dolor.

Escucho gemidos,
Oigo llorar,
Lamentos, penas,
Gritos, no puedo más,
Arranco mis orejas
Destripo mis tímpanos,
Ya no oigo
Un alivio.

Siento en mi cuerpo
El azote que no para
La sangre caliente
Fluye con violencia
Por mis venas,
Siento dolor,
La carne me desgarran,
Me hago con un puñal
Lo clavo en mi corazón,
Veo mi cuerpo yaciente,
Pues mi fin llegó.






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jueves, 23 de diciembre de 2010

La Navidad Llegó





El invierno lindo está
Con sus ojos bien abiertos,
Aunque el día está gris
La luz refleja mi aliento,
La Navidad llegó,
Con sus copos de nieve,
Con su arco iris de color,
Con la lluvia fina cayendo
Que bello es el invierno,
Que nos trae la Navidad.


Se oyen en la distancia
Un repiquetear
De zambombas, panderetas,
Timbales, cascabeles,
Todo instrumento musical
Que quiera acompasar
Un bello villancico
Para alegrar los corazones,
Todo es ilusión, fantasía
Y amor,
Hoy puedo decir
Que la Navidad llegó.







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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Poema Horóscopo Capricornio


Capricornio



(del 22 de Diciembre al 21 de enero)


¿Quién es mucho más parco en palabras que en hechos? ¿Quién busca constantemente el éxito social, los honores públicos, la corona de laurel? ¿Quién es consecuente, sobrio, prudente, perseverante, duro, tenaz, trabajador? ¿Quién triunfa en el cumplimiento de su deber y nunca hace nada a medias? ¿Quién se eleva constantemente por sus propias limitaciones? Sin duda, Capricornio. Tu eres Capricornio. Responsable, con conocimiento de causa, eficaz y servicial, realista y objetivo. Capricornio. Político, ponderado, sensato, templado, conservador de las formas, ético, moralista, ascético y filosófico.
Cuando la tierra penetra en el mundo de Capricornio la naturaleza entra en la hivernación gélida de las suspensiones vitales, de las interiorizaciones místico-filosóficas y de las meditaciones transcendentales.Capricornio, tu buscas lo esencial e imperecedero. ¿Quién es patriarcal y paternalista en el hogar, de consejo disciplinado, presto a hacerse cargo de lo difícil y llegar hasta a las más altas cimas? ¿Quién? sino Capricornio.


El primer decanato de Capricornio va del 22 de Diciembre al 1 de Enero

Regido por Júpiter. Magnánimo, protector y paternalista que confiere un espíritu severo, religioso, con un ligero misticismo de fondo que en algunos casos podrá crear vocaciones misioneras. A veces puede dar actitudes de duda, de inhibiciones o de vanos temores, así como melancolías y cierta tendencia al fatalismo.

El segundo decanato va del 1 al 11 de Enero

Gobernado por Marte, el batallador y energético planeta ígneo que se exalta en este signo Capricorniano uniéndose a Saturno, sobrio y magistral. Su ardiente entusiasmo lo llevará a las conquistas y logros más ambiciosos ganando siempre la partida a sus rivales por perseverancia y continuidad en los propósitos establecidos de antemano, honores y buena reputación. Energía extrema.

El tercer decanato va del 11 al 21 de Enero

Regido por el irradiante Sol. El nativo deberá superar constantemente circunstancias adversas ya que su naturaleza fundamentalmente enérgica y batalladora está preparada para afrontar las realidades más crudas de la existencia. Confiere este decanato una disposición más bien fría y estática, llena de orgullo y potencia interior que no encuentra siempre su mejor canalización al actualizarla al exterior. Conociendo estas circunstancias el nativo deberá luchar para vencer estas tendencias.

El metal de Capricornio es el plomo
Sábado: su día de la semana que le corresponde.
Su número: el ocho.
Su color: el negro y grisáceo.
Su perfume: Sándalo.
Sus piedras preciosas: Azabache y Ónice.


Los signos más afines a Capricornio son:
Tauro y Virgo.
Luego le siguen: Escorpión y Piscis.



domingo, 19 de diciembre de 2010

Poemas Pablo Barattini





Pablo Barattini Vidal, poeta chileno, ha publicado siete libros y es conocido como el poeta de la Trapananda. Ha presentado sus trabajos en Chile, Argentina, Perú, Uruguay, Cuba, Hungría, jamás ha mandado su poesía a concurso alguno, escribe desde 1994. Su poesía es sencilla y humorística, te hace recordar que en la vida no solo hay sufrimiento. Viajero incansable, vivió en el sur de Chile, puerto Aisen, y reside actualmente en Quillota-Chile.



AUTOBIOGRAFIA
(en la cual se define él mismo)

Soy hijo de Neanderthal,
nieto del eslabón perdido.
Soy el descendiente de los muertos
heredero de Tebas y de Roma
pariente de Adán y de Mahoma
y de los beduinos del desierto.
Lo soy también de los Ilotas,
de los negros de Tanzania
de los Rumanos de Rumania
pariente soy de los vietnamitas.
Alargan la lista los franceses,
chilenos, egipcios y australianos
siguiendo un orden los germanos
y entre otros también los portugueses.
Como pueden ver, la muestra crece
mi pariente es todo ser humano
sin diferenciar santo o villano
en mi, la raza permanece.
Puedo demostrar esto que digo
tengo como todos una frente
son claros sus rasgos mis parientes
dos piernas, dos brazos y un ombligo.






POEMAS




ME LEVANTO A SER FELIZ


Me levanto a ser feliz cada mañana
buscando el lado bueno de la vida,
poniendo lucecitas a mi sombra.
Espantando
la melancolía.
¡Al Amor!...
donde quiera le persigo
me juego todo o nada a una quimera
recojo pedacitos de la suerte,
me sueño
soñando la utopía.
Soy irreverente a la tristeza,
no comulgo con la muerte,
le luciérnagas del agua
y de pájaros celestes soy amigo.
Me levanto a ser feliz cada mañana,
y a veces... ¡Casi lo consigo!




A ESTE PABLO


Como nunca tendré yo quién me escriba
a este Pablo que soy tan olvidado,
tan de paso por la vida,
ignorado
de mi propia existencia
homicida.
Así escribiré con letra clara
la oscura existencia que he tenido,
nacer, estar, estar
y haberse ido
como insecto en quien nadie repara.
Nací por oficio de la suerte
en el último rincón de este planeta,
corrí por el mundo tras la meta,
y estaba a mis espaldas...y es la muerte.
Pobre Pablo, ¿sabrán de tus dolores,
tus angustias, tus penas y tus sueños
que fuiste quemando como leños
y en ceniza volvieron tus amores?
Recordarán acaso que fue vana
toda esperanza que tuviste,
y la única...
la única alegría que aún persiste
son los besos de la lluvia en tu ventana.



AGUACERO


Vi en Puerto Montt llover tan fiero
como nunca llovió en región alguna
fue tifón y monzón todos en una,
fue más bien superlativo de aguacero.
Nunca vi diluvio tan severo
érase un mar en otro vaciando
eran truenos furiosos y bramando
era el fin del mundo en pleno Enero.
Toda el agua cayó del alto cielo
por el único agujero que tenía
y así, la lluvia se veía.
Como un negro pájaro y su vuelo
en picada fuerte parecía
que la lluvia subía desde el suelo.



DETENIDA DESAPARECIDA


¡Qué trago amargo morderán las olas
meciendo tu cuerpo dolorido!,
perfil de niña adormecido
en un sueño profundo de amapolas.
Caminaste sin rumbo hacia el olvido
perdonando la indiferencia de tu sombra,
seguiste el vuelo de la alondra
hasta perderte por donde has venido.
¿Quién te entregó a tu suerte?
a las fauces del destino en su mordida,
quién a pedazos te arrancó la vida
nunca pudo a su furia someterte,
todo el amor, se murió en tu muerte,
dejándonos un camino…sin salida.




LA MUERTE DE LA ILUSIÓN


Con un rosario de penas
más grande que el firmamento
pasó por la Luna Negra
como alma que lleva el viento.
¿De qué huyes?,
preguntó la estrella.
Ella cayó y su silencio
corrió por todo el mundo
triste...como un lamento.
Fue una flor sin jardín.
Un jazmín,
un pensamiento.
Sus sueños se los cortaron
ahogaron sus sentimientos.
En su mirada no hay vida,
ella va muerta por dentro.
¿Quién pudo matar la ilusión,
sin sentir remordimiento?




EL PESCADOR


Yo no sé por qué razón
se tiene por mentiroso
y se da por fantasioso
a todo buen pescador.
Entiendo a mi parecer
que es solo cosa de envidia
pues veo brotar la insidia
en quien no quiere creer.
Pero fe darán mis ojos
y lo pude presenciar,
a un hombre le vi sacar
cinco salmones preciosos.
No es embuste, engaño ni bola
que el más pequeño de ellos
pesó ocho kilos y medio
sin cabeza y sin cola.
Ahora para qué les cuento
del más grande que sacó,
era tan grande, pero tan grande
que casi poquito menos,
que aquel que saqué yo.




AUTORRETRATO


Ése que desde niño bogó contra la corriente
y tuvo de inocente lo que no tuvo de pillo.
Ése que vistió de amarillo a la muerte traicionera
y ya nada espera de la vida y del amor.
Ése, que tiene flor y truco en la partida
y fácil olvida porque no tiene rencor.
Ése que no tolera horarios ni reglamentos
y como el viento es un alma ligera.
Ése que no tiene fronteras
para su verbo y su voz.
Ése que se tutea con Dios
por que le tiene de amigo
y no teme al castigo
en la tierra o en el cielo,
ése que va con desvelo procurando ser mejor.
Ése....
Es hábil simulador, miente en su beneficio,
digamos,
que tiene oficio en esto de aparentar.
Es vanidoso a rabiar,
fiero como un león astuto como un gato.
Ése que no tiene recato
porque nunca le importó.
Ése que sembró yuyos
y flores cosechó
Ése... ése soy yo
y este es mi retrato.




LOS VERSOS MALDITOS


Negros nubarrones en el cielo de mi alma,
robadme la calma, el deseo de vivir,
algo me trae un olor a muerte,
tal vez mi mala suerte,
mi desgracia, mi sufrir.
Engendros infernales tocan sinfonías,
dolientes y dolidas con cantos lastimeros
de negro van vestidas lloriqueando por ahí,
mientras Marcial, el sepulturero,
prepara con esmero un sepulcro para mí.
Todo tormento en la vida he padecido
y he sufrido tanto que estoy por reventar,
por ello me rebelo de esta mala suerte
y hoy a la muerte vengo a desafiar.
Quiero ver sufrir, llorar al penitente
y al macho más valiente verle suplicar.
Quiero que se parta en dos el firmamento
y todas las estrellas comiencen a caer,
quiero ver la noche más negra de las noches
quiero ver al mundo de pestes padecer.
Quiero que los muertos
se levanten de sus tumbas
como almas en penumbra
muriéndose otra vez,
que la paz no exista, que nadie la disfrute,
que nunca en el amor jamás puedan creer.
Por las calles quiero ver como se arrastran
reventados, mutilados,
y heridos por doquier,
engendros infernales de guerras portentosas,
asesinos del Averno, torturando quiero ver.
Y es por este odio que llevo en las entrañas
que me ha podrido el alma,
lo íntimo del ser.
Es por este odio que tu me has enseñado,
te odio con la fuerza
que el odio puede darme
¡te odio!... ¡te odio tanto!
¡Maldita mujer!




jueves, 16 de diciembre de 2010

Sensaciones






El Silencio...
Cómplice de mi fracaso.

La Soledad...
Amiga de mis desdichas.

Las Lágrimas...
Mi consuelo por sufrir.

El Dolor...
El vacío de mi sentir.

El Ansía...
La revelación de mi alma.

El Sueño...
La vida que invento.

El Suspiro...
Un alivio cuando nadie mira.

El Mañana...
Un futuro que no llega.

Tú...
Una sensación que se escapa.








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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Mis Libros Favoritos





Del blog Letras en un atrapasueños, a la cual le agradezco su atención por acordarse de mí, me ha nominado para que os comente mis 5 libros favoritos, será algo difícil porque tengo muchos, ya que soy una apasionada de la lectura.

1º Tengo que hacer referencia de mis 5 libros favoritos en un post.


2º Tengo que nominar a 5 blogs para que realicen la misma tarea.


Así conoceremos nuestros gustos literarios un poco más, pasó sin más a decir los míos, son los siguientes:


Los Pilares de la Tierra: Su trama trascurre en la edad media, donde el motivo principal es construir iglesias, nuestro personaje es constructor que con el tiempo se va haciendo famoso por sus trabajos, por fin lo contratan para construir una catedral, la cual era sueño. Trascurre la trama en torno a él y su vida. Realmente te quedas enganchado al libro, aunque te parezca que no se acabe nunca. Me lo he leído dos veces.


Amarse con los ojos abiertos: Por un error en el servidor, un hombre y una mujer se ven envueltos en un ir y venir de correo entre dos psicólogos que hablan sobre el amor y la pareja. Roberto quiere participar en ellas, ya que es un solterón, mujeriego, el cual se siente aburrido de su vida, quiere experimentar algo nuevo. El final totalmente inesperado.


El Origen Perdido: El hermano de un empresario y hacker está en estado vegetativo debido a una extraña enfermedad, el empresario buscará por todos los medios la forma de curar a su hermano y sacarlo de ese estado. Se verá envuelto junto a otros personajes en una fascinante aventura sobre una civilización perdida. Realmente me encantó porque transmite mucho, además juega con la inteligencia del lector, un libro para tenerlo en cuenta.

El perfume: Un hombre que nace con el don de avanzado olfato, asesina para obtener la esencia que tenemos todo ser humano, pero tan sólo lo hace con doncellas de las cuales guarda los olores con delicadeza y esmero en botes de perfume, que luego utiliza para atraer la atención de la gente, ya que es poco agraciado. Excelente libro.


El Hobbit: Primer libro de la Saga “El señor de los Anillos”, y del que ahora harán una película. En el se comenta el principio de todo lo que después se ha ido viendo en la Saga. Empieza cuando Gandalf el mago elige a Bilbo el tío de Frodo, para que acompañe a unos enanos que los capitaneará para conseguir un tesoro, lleno de aventuras, entre magia y Elfos. Os lo recomiendo fascinante.



Tengo más libros favoritos pero os he querido poner de géneros diferentes, porque la verdad no tengo manías con ninguno, a mi me gusta cualquier libro que sea bueno, me diga algo, y me transmita.

Bueno ahora viene lo mejor, nominar para este post a 5 blogs:


Aurora: http://auroraalvarez-a.blogspot.com/

Luisa: http://brujilla-poesiaradio.blogspot.com/

Mª José: http://masalladelaberinto.blogspot.com/

Miguel: http://anapedraza.blogspot.com/

David: http://davidquintanapantoja32.blogspot.com/



Espero os guste la iniciativa, un beso a todos y gracias por estar ahí siempre .




lunes, 13 de diciembre de 2010

Bésame



Bésame y haz que tus labios
Retomen este beso una y otra vez,
En tu boca juguetona
Tan cálida de pasión,
Pierdo el sentido
Hasta el deseo más contenido.

Bésame y haz que mi boca
Se deshaga en la tuya,
Y florezca este amor
Que renace en nosotros
Cada amanecer,
Cuando la luz trémula
Nos ilumina al son
De la música de unas velas.

Bésame y haz que mis sueños,
Yazcan en los tuyos,
Prenderme en tu cuerpo
Escuchando el palpitar
De tus sentidos,
Y desabrocharte el alma,
Porque amarte es mi cometido.






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sábado, 11 de diciembre de 2010

Esperando La Muerte







En la noche acechan
Los fantasmas del pasado
Que vuelven a regocijarse
De mi llanto,
De mi dolor,
De mi amargura.
Mis recuerdos vagan
Con espesura,
Escondo mi cabeza
Bajo las sábanas de seda,
No es suficiente
Porque no tiene espera.
Escupe furiosa la ira,
De mis adentros no sale,
Muda se queda esperando,
A que el miedo pase.
Porque sin duda es y será,
La muerte viene ya,
La espero sin vagar,
Pues no vale la pena huir,
No se consigue escapar.
¡Ven ya a por mí!
No me hagas sufrir,
De esta larga agonía
Cubre con tus brazos
Mi cuerpo frágil,
En ellos me rendiré
Y me verás sonreír.






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jueves, 9 de diciembre de 2010

Un Vendaval De Amor





Existe ese calor
Que emana de tu corazón,
Con la complicidad
De mis ojos y la certeza
De mis palabras.

Existe ese vendaval
De amor que cálidamente,
Escapa con la satisfacción
De tener las cosas
Ahí en la perpetuidad.

De tu alma
Exclamo cada noche,
Este sentimiento organizado
¡De amar, amar y amar!
Porque no existe un final
En entrega incondicional
De tu amor.







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martes, 7 de diciembre de 2010

Discurso Nobel 7 diciembre de 2010






Mario Vargas Llosa:
Elegio de la lectura y la ficción
Discurso Nobel 7 diciembre de 2010



Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas. La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras. Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura – lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell,Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en a ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola. Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez. Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos,genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla–a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad. En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean- François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china. De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente. Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio,sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeocristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura. De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales. No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebés al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos,mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”. Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa. Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar. Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional. Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno. Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.




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