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viernes, 18 de junio de 2010

Poemas Rosalía de Castro



Nació en Santiago de Compostela el 24 de febrero del 1837 hija de madre soltera. Y murió el 15 de julio del 1885 victima de un cáncer. Fue poetisa y novelista, tanto en lengua gallega y castellana. En sus obras puede apreciarse su gran personalidad, su carácter recio y una profunda empatía con los desvalidos, sobre todo con los emigrantes gallegos. Tras el romanticismo de La Flor (1857) y el sentimentalismo de A mi madre (1863; escrito tras las muerte de su madre), la publicación de Cantares gallegos en 1863 supone un acontecimiento cultural de primer orden en el panorama literario en lengua gallega. Compuso sus primeros versos a la edad de 12 años. A los 17 años ya era conocida en el "Liceo de San Agustín". Su obra maestra en castellano es En las Orillas del Sar, versos de tono íntimo, de extraña penetración, cargados de nocturna belleza. Merece ser considerada, al lado de Gustavo Adolfo Bécquer, como la precursora de la Modernidad e iniciadora de una nueva métrica castellana. Se casó con el cronista Manuel Martínez Murguía, tuvieron siete hijos, él fue quién la convenció para tirar adelante su talento literario.






SUS POEMAS EN CASTELLANO









A Través del follaje perenne

que oír deja rumores extraños,

y entre un mar de ondulante verdura,

amorosa mansión de los pájaros,

desde mis ventanas veo

el templo que quise tanto.

El templo que tanto quise...,

pues no sé decir ya si le quiero,

que en el rudo vaivén que sin

treguase agitan mis pensamientos,

dudo si el rencor adusto

vive unido al amor en mi pecho.




2



¡Otra vez!, tras la lucha que rinde

y la incertidumbre amarga

del viajero que errante no sabe

dónde dormirá mañana,

en sus Lares primitivos

halla un breve descanso mi alma.

Algo tiene este blando reposo

de sombrío y de halagüeño,

cual lo tiene, en la noche callada,

de un ser amado el recuerdo,

que de negras tradiciones y dichas

inmensas, nos habla a un tiempo.

Ya no lloro..., y no obstante,

agobiado y afligido mi espíritu, apenas

de su cárcel estrecha y sombría

osa dejar las tinieblas

para bañarse en las ondas

de luz que el espacio llenan.

Cual si en suelo extranjero me hallase,

tímida y hosca, contemplo

desde lejos los bosques y alturas

y los floridos senderos

donde en cada rincón me aguardaba

la esperanza sonriendo.







3


Oigo el toque sonoro que entonces

a mi lecho a llamarme venía

con sus ecos que el alba anunciaban,

mientras, cual dulce caricia,

un rayo de sol dorado

alumbraba mi estancia tranquila.

Puro el aire, la luz sonrosada,

¡qué despertar tan dichoso!

Yo veía entre nubes de incienso,

visiones con alas de oro

que llevaban la venda celeste

de la fe sobre sus ojos...

Ese sol es el mismo, mas ellas

no acuden a mi conjuro;

y a través del espacio y las nubes,

y del agua en los limbos confusos,

y del aire en la azul transparencia,

¡ay!, ya en vano las llamo y las busco.

Blanca y desierta la vía

entre los frondosos setos

y los bosques y arroyos que bordan

sus orillas, con grato misterio

atraerme parece y brindarme

a que siga su línea sin término.

Bajemos, pues, que el camino

antiguo nos saldrá al paso,

aunque triste, escabroso y desierto,

y cual nosotros cambiado,

lleno aún de las blancas fantasmas

que en otro tiempo adorado.



4






Tras de inútil fatiga,

que mis fuerzas agota,

caigo en la senda amiga,

donde una fuente brota

siempre serena y pura,

y con mirada incierta,

busco por la llanura

no sé qué sombra vana

o que esperanza muerta,

no sé qué flor tardía de virginal frescura

que no crece en la vía arenosa y desierta.

De la oscura Trabanca

tras la espesa arboleda,

gallardamente arranca al pie de la vereda

La Torre y sus contornos cubiertos de follaje,

prestando a la mirada descanso en su ramaje

cuando de la ancha vega por vivo sol bañada

que las pupilas ciega,

atraviesa el espacio,

gozosa y deslumbrada.

Como un eco perdido,

como un amigo acento

que sueña cariñoso,

el familiar chirrido del carro perezo

socorre en alas del viento

y llega hasta mi oído

cual en aquellos días hermosos y brillantes

en que las ansias mías eran quejas amantes,

eran dorados sueños y santas alegrías.

Ruge la Presa lejos..., y,

de las aves nido,

Fondón cerca descansa;

la cándida abubilla bebe en el agua mansa

donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa

beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelo

salas aguas del olvido

que es de la muerte hermano;

donde de los vencejos que vuelan en la altura,

la sombra se refleja;

y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla

por entre la verdura de la frondosa orilla.



5




¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón,

oh Iria Flavia! Mas el calor,

la vida juvenil y la savia

que extraje de tu seno,

como el sediento niño el dulce jugo extrae

del pecho blanco y lleno,

de mi existencia oscura en el torrente amargo

pasaron, cual barrida por la inconstancia ciega,

una visión de armiño, una ilusión querida,

un suspiro de amor.

De tus suaves rumores la acorde consonancia,

ya para el alma yerta tornóse bronca y dura

a impulsos del dolor;

secáronse tus flores de virginal fragancia;

perdió su azul tu cielo,

el campo su frescura,

el alba su candor.

La nieve de los años,

de la tristeza el hielo

constante, al alma niegan toda ilusión amada,

todo dulce consuelo.

Sólo los desengaños preñados de temores,

y de la duda el frío,

avivan los dolores que siente el pecho mío,

y ahondando mi herida,

me destierran del cielo,

donde las fuentes brotan

eternas de la vida.






6




¡Oh tierra, antes y ahora,

siempre fecunda y bella!

Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,

del Sar cabe la orilla

al acabarme, siento la sed devoradora

y jamás apagada que ahoga el sentimiento,

y el hambre de justicia,

que abate y que anonada

cuando nuestros clamores los arrebata el viento

de tempestad airada.

Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora

tras del Miranda altivo,

valles y cumbres dora con su resplandor vivo;

en vano llega mayo de sol y aromas lleno,

con su frente de niño de rosas coronada,

y con su luz serena:

en mi pecho ve juntos el odio y el cariño,

mezcla de gloria y pena,

mi sien por la corona del mártir agobiada

y para siempre frío y agotado mi seno.





7



Ya que de la esperanza,

para la vida mía, triste y descolorido

ha llegado el ocaso, a mi morada oscura,

desmantelada y fría, tornemos paso a paso,

porque con su alegría no aumente mi amargura

la blanca luz del día.

Contenta el negro nido busca el ave agorera;

bien reposa la fiera en el antro escondido,

en su sepulcro el muerto,

el triste en el olvido

y mi alma en su desierto.



1




Los unos altísimos,

los otros menores,

con su eterno verdor y frescura

que inspira a las almas

agrestes canciones,

mientras gime al chocar con las aguas

la brisa marina de aromas salobres,

van en ondas subiendo hacia el cielo

los pinos del monte.

De la altura la bruma desciende

y envuelve las copas

perfumadas, sonoras y altivas

de aquellos gigantes

que el Castro coronan;

brilla en tanto a sus pies el arroyo

que alumbra risueña la luz de la aurora,

y los cuervos sacuden sus alas,

lanzando graznidos

y huyendo la sombra.

El viajero, rendido y cansado,

que ve del camino la línea escabrosa

que aún le resta que andar,

anhelara, deteniéndose al pie de la loma,

de repente quedar convertido

en pájaro o fuente,en árbol o en roca.





2




Los unos altísimos, los otros menores,

con su eterno verdor y frescura,

que inspira a las almas

agrestes canciones,

mientras gime al chocar con las aguas

la brisa marina de aromas salobres,

van en ondas subiendo hacia el cielo

los pinos del monte. De la altura la bruma desciende

y envuelve las copas

perfumadas, sonoras y altivas

de aquellos gigantes

que el Castro coronan;

brilla en tanto a sus pies el arroyo

que alumbra risueñala luz de la aurora,

y los cuervos sacuden sus alas,

lanzando graznidos y huyendo la sombra.

El viajero, rendido y cansado,

que ve del camino la línea escabrosa

que aún le resta que andar,

anhelara, deteniéndose al pie de la loma,

de repente quedar convertido

en pájaro o fuente, en árbol o en roca.






3





Era apacible el día y templado el ambiente,

y llovía, llovía callada y mansamente;

y mientras silenciosa

lloraba yo y gemía, mi niño,

tierna rosa, durmiendo se moría.

Al huir de este mundo,

¡qué sosiego en su frente! Al verle yo alejarse,

¡qué borrasca en la mía!

Tierra sobre el cadáver insepulto

antes que empiece a corromperse..., ¡tierra!

Ya el hoyo se ha cubierto,

sosegaos; bien pronto en los terrones removidos

verde y pujante crecerá la hierba.

¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,

torvo el mirar, nublado el pensamiento?

¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!

jamás el que descansa en el sepulcro

ha de tornar a amaros ni a ofenderos,

¡Jamás! ¿Es verdad que todo

para siempre acabó ya?

No, no puede acabar lo que es eterno,

ni puede tener fin la inmensidad.

Tú te fuiste por siempre;

mas mi alma te espera aún con amoroso afán,

y vendrás o iré yo, bien de mi vida,

allí donde nos hemos de encontrar.

Algo ha quedado tuyo en mis entrañas

que no morirá jamás, y que Dios,

porque es justo y porque es bueno,

a desunir ya nunca volverá.

En el cielo, en la tierra, en lo insondable

yo te hallaré y me hallarás.

No, no puede acabar lo que es eterno,

ni puede tener fin la inmensidad.

Mas... es verdad, ha partido

para nunca más tornar.

Nada hay eterno para el hombre,

huésped de un día en este mundo terrenal

en donde nace, vive y al fin muere,

cual todo nace, vive y muere acá.






4




Una luciérnaga entre el musgo brilla

y un astro en las alturas centellea;

abismo arriba, y en el fondo abismo;

¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?

En vano el pensamiento

indaga y busca en lo insondable,

¡oh ciencia! Siempre, al llegar al término, ignoramos

qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

Arrodillada ante la tosca imagen,

mi espíritu, abismado en lo infinito,

limpía acaso, interrogando al cielo

y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.

¿Qué somos? ¿Qué es la muerte?

La campana con sus ecos responde a mis gemidos

desde la altura, y sin esfuerzo el llanto

baña ardiente mi rostro enflaquecido.

¡Qué horrible sufrimiento!

Tú tan solo lo puedes ver y comprender,

Dios mío! ¿Es verdad que los ves?

Señor, entonces,piadoso y compasivo

vuelve a mis ojos la celeste venda

de la fe bienhechora que he perdido,

y no consientas, no, que cruce errante,

huérfano y sin arrimo,

acá abajo los yermos de la vida,

más allá las llanadas del vacío.

Sigue tocando a muerto,

y siempre mudo e impasible el divino

rostro del Redentor, deja que envuelto

en sombras quede el humillado espíritu.

Silencio, siempre; únicamente el órgano

con sus acentos místicos

resuena allá de la desierta nave

bajo el arco sombrío.

Todo acabó quizás, menos mi pena,

puñal de doble filo; todo,

menos la duda que nos lanza

de un abismo de horror en otro abismo.

Desierto el mundo, despoblado el cielo,

enferma el alma y en el polvo hundido

el sacro altar en donde

se exhalaron fervientes mis suspiros,

en mil pedazos roto mi Dios,

cayó al abismo, y al buscarle anhelante,

sólo encuentro la soledad inmensa del vacío.

De improviso los ángeles

desde sus altos nichos

de mármol, me miraron tristemente

y una voz dulce resonó en mi oído:

"Pobre alma, espera y llora

a los pies del Altísimo; mas no olvides que al cielo

nunca ha llegado el insolente grito

de un corazón que de la vil materia

y del barro de Adán formó sus ídolos."







5




Adivínase el dulce y perfumado

calor primaveral; los gérmenes se agitan en la tierra

con inquietud en su amoroso afán,

y cruzan por los aires, silenciosos,

átomos que se besan al pasar.

Hierve la sangre juvenil, se exalta

lleno de aliento el corazón, y audaz

el loco pensamiento sueña y cree

que el hombre es, cual los dioses, inmortal.

No importa que los sueños sean mentira,

ya que al cabo es verdad

que es venturoso el que soñando muere,

infeliz el que vive sin soñar.

¡Pero qué aprisa en este mundo triste

todas las cosas van!

¡Que las domina el vértigo creyérase!

La que ayer fue capullo,

es rosa ya, y pronto agostará rosas y plantas

el calor estival.






6




Candente está la atmósfera;

explora el zorro la desierta vía;

insalubre se torna

del limpio arroyo el agua cristalina,

y el pino aguarda inmóvillos besos

inconstantes de la brisa

Imponente silencio

agobia la campiña;

sólo el zumbido del insecto se oye

en las extensas y húmedas umbrías,

monótono y constante

como el sordo estertor de la agonía.

Bien pudiera llamarse, en el estío,

la hora del mediodía,

noche en que al hombre,

de luchar cansado,

más que nunca le irritande

la materia la imponente fuerza

y del alma las ansias infinitas.

Volved, ¡oh, noches del invierno frío,

nuestras viejas amantes de otros días!

Tornad con vuestros hielos y crudezas

a refrescar la sangre enardecida

por el estío insoportable y triste...¡Triste...

lleno de pámpanos y espigas!

Frío y calor, otoño o primavera,

¿dónde..., dónde se encuentra la alegría?

Hermosas son las estaciones todas

para el mortal que en sí guarda la dicha;

mas para el alma desolada y huérfana

no hay estación risueña ni propicia.







7




Un manso río, una vereda estrecha,

un campo solitario y un pinar,

y el viejo puente rústico y sencillo

completando tan grata soledad.

¿Qué es soledad? Para llenar el mundo

basta a veces un solo pensamiento.

Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras

el puente, el río y el pinar desiertos.

No son nube ni flor los que enamoran;

eres tú, corazón, triste o dichoso,

ya del dolor y del placer el árbitro,

quien seca el mar y hace habitar el polo.







8



-Detente un punto, pensamiento inquieto;

la victoria te espera, el amor

y la gloria te sonríen.

¿Nada de esto te halaga ni encadena?

-Dejadme solo y olvidado y libre;

quiero errante vagar en las tinieblas;

mi ilusión más querida

sólo allí dulce y sin rubor me besa.






9





Moría el sol, y las marchitas hojas

de los robles, a impulso de la brisa,

en silenciosos y revueltos giros

sobre el fango caían:ellas,

que tan hermosas y tan puras

en el abril vinieron a la vida.

Ya era el otoño caprichoso y bello:

¡cuán bella y caprichosa es la alegría!

Pues en la tumba de las muertas hojas

vieron sólo esperanzas y sonrisas.

Extinguióse la luz: llegó la noche

como la muerte y el dolor,

sombría; estalló el trueno,

el río desbordóse

arrastrando en sus aguas a las víctimas;

y murieron dichosas y contentas...

¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!

10



Del rumor cadencioso de la onda

y el viento que muge;

del incierto reflejo que alumbra

la selva o la nube; del piar de alguna ave de paso;

del agreste ignorado perfume

que el céfiro roba al valle o a la cumbre

mundos hay donde encuentran asilo

las almas que al peso

del mundo sucumben.





MARGARITA





1





¡Silencio, los lebreles

de la jauría maldita!

No despertéis a la implacable fiera

que duerme silenciosa en su guarida.

¿No veis que de sus garras

penden gloria y honor, reposo y dicha?

Prosiguieron aullando los lebreles.

-Los malos pensamientos homicidas!

-y despertaron la temible fiera...

-¡la pasión que en el alma se adormía!

-Y ¡adiós! en un momento,

¡adiós gloria y honor, reposo y dicha!







2




Duerme el anciano padre,

mientras ellaa la luz de la lámpara nocturna

contempla el noble y varonil semblante

que un pesado sueño abruma.

Bajo aquella triste frente

que los pesares anublan,

deben ir y venir torvas visiones,

negras hijas de la duda. Ella tiembla...,

vacila y se estremece...

¿De miedo acaso, o de dolor y angustia?

Con expresión de lastima infinita,

no sé qué rezos murmura.

Plegaria acaso santa, acaso impía,

trémulo el labio a su pesar pronuncia,

mientras dentro del alma la conciencia

contra las pasiones lucha.¡Batalla ruda y terrible

librada ante la víctima, que muda

duerme el sueño intranquilo de los tristes

a quien ha vuelto el rostro la fortuna!

Y él sigue en reposo, y ella,

que abandona la estancia, entre las brumas

de la noche se pierde, y torna al alba,

ajado el velo..., en su mirar la angustia.

Carne, tentación, demonio,¡oh!,

¿de cuál de vosotros es la culpa? ¡Silencio...!

El día soñoliento asoma

por las lejanas alturas, y el anciano despierto,

ella risueña, ambos su pena ocultan,

y fingen entregarse indiferentes

a las faenas de su vida oscura.





3





La culpada calló, mas habló el crimen...

Murió el anciano, y ella,

la insensata, siguió quemando incienso

en su locura, de la torpeza ante las negras aras,

hasta rodar en el profundo abismo,

fiel a su mal, de su dolor esclava.

¡Ah! Cuando amaba el bien,

¿cómo así pudo

hacer traición a su virtud sin mancha,

malgastar las riquezas de su espíritu,

vender su cuerpo, condenar su alma?

Es que en medio del vaso corrompido

donde su sed ardiente se apagaba,

de un amor inmortal los leves átomos,

sin mancharse, en la atmósfera flotaban.

Sedientas las arenas, en la playa

sienten del sol los besos abrasados,

y no lejos, las ondas, siempre frescas,

ruedan pausadamente murmurando.

Pobres arenas, de mi suerte imagen:

no sé lo que me pasa al contemplaros,

pues como yo sufrís, secas y mudas,

el suplicio sin término de Tántalo.

Pero ¿quién sabe...? Acaso luzca un díaen que,

salvando misteriosos límites, avance el mar

y hasta vosotras llegue

a apagar vuestra sed inextinguible.

¡Y quién sabe también si tras de tantos

siglos de ansias y anhelos imposibles,

saciará al fin su sed el alma ardiente

donde beben su amor los serafines!








LOS TRISTES



1




De la torpe ignorancia que confunde

lo mezquino y lo inmenso;

de la dura injusticia del más alto,

de la saña mortal de los pequeños,

¡no es posible que huyáis! cuando os conocen

y os buscan, como busca el zorro hambriento

a la indefensa tórtola en los campos;

y al querer esconderos

de sus cobardes iras,

ya en el monte, en la ciudad

o en el retiro estrecho,¡ahí va!,

exclaman, ¡ahí va!, y allí os insultan

y señalan con íntimo contento

cual la mano implacable y vengativa

señala al triste y fugitivo reo.







2





Cayó por fin en la espumosa y turbia

recia corriente, y descendió al abismo

para no subir más a la serena

y tersa superficie. En lo más íntimo

del noble corazón ya lastimado,

resonó el golpe doloroso y frío

que ahogando la esperanza

hace abatir los ánimos altivos,

y plegando las alas torvo y mudo,

en densa niebla se envolvió su espíritu.


3




Vosotros, que lograsteis vuestros sueños,

¿qué entendéis de sus ansias malogradas?

Vosotros, que gozasteis y sufristeis,

¿qué comprendéis de sus eternas lágrimas?

Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos

son como niebla que disipa el alba,

¡qué sabéis del que lleva de los suyos

la eterna pesadumbre sobre el alma!







4





Cuando en la planta con afán cuidada

la fresca yema de un capullo asoma,

lentamente arrastrándose entre el césped,

le asalta el caracol y la devora.

Cuando de un alma atea,

en la profunda oscuridad medrosa

brilla un rayo de fe, viene la duda

y sobre él tiende su gigante sombra.






5





En cada fresco brote, en cada rosa erguida,

cien gotas de rocío brillan al sol que nace;

mas él ve que son lágrimas que derraman los tristes

al fecundar la tierra con su preciosa sangre.

Henchido está el ambiente de agradables aromas,

las aguas y los vientos cadenciosos murmuran;

mas él siente que rugen con sordo clamoreo

de sofocados gritos y de amenazas mudas.

¡No hay duda! De cien astros nuevos,

la luz radiante hasta las más recónditas

profundidades llega; mas sus hermosos rayos

jamás en torno suyo rompen la bruma espesa.

De la esperanza, ¿en dónde crece la flor ansiada?

Para él, en dondequiera al retoñar se agosta,

ya bajo las escarchas del egoísmo estéril,

o ya del desengaño a la menguada sombra.

¡Y en vano el mar extenso y las vegas fecundas,

los pájaros, las flores y los frutos que siembran!

Para el desheredado, sólo hay bajo del cielo

esa quietud sombría que infunde la tristeza.








6






Cada vez huye más de los vivos,

cada vez habla más con los muertos

y es que cuando nos rinde el cansancio

propicio a la paz y al sueño,

el cuerpo tiende al reposo,

el alma tiende a lo eterno.


>7





Así como el lobo desciende a poblado,

si acaso en la sierra se ve perseguido,

huyendo del hombre que acosa a los tristes,

buscó entre las fieras el triste un asilo.

El sol calentaba su lóbrega cueva,

piadosa velaba su sueño la luna

el árbol salvaje le daba sus frutos,

la fuente sus aguas de grata frescura.

Bien pronto los rayos del sol se nublaron.

La luna entre brumas veló su semblante,

secóse la fuente, y el árbol nególe,

al par que su sombra, sus frutos salvajes.

Dejando la sierra buscó en la llanura

de otro árbol el fruto, la luz de otro cielo;

y a un río profundo, de nombre ignorado,

pidióle aguas puras su labio sediento.

¡Ya en vano!, sin tregua siguióle la noche,

la sed que atormenta y el hambre que mata;

¡ya en vano!, que ni árbol, ni cielo, ni río,

le dieron su fruto, su luz, ni sus aguas.

Y en tanto el olvido, la duda y la muerte

agrandan las sombras que en torno le cercan,

allá en lontananza la luz de la vida,

hiriendo sus ojos feliz centellea.

Dichosos mortales a quien la fortuna

fue siempre propicia... ¡Silencio!, ¡silencio!,

si veis tantos seres que corren buscando

las negras corrientes del hondo Leteo.








LOS ROBLES






1





Allá en tiempos que fueron, y el alma

han llenado de santos recuerdos,

de mi tierra en los campos hermosos,

la riqueza del pobre era el fuego,

que al brillar de la choza en el fondo,

calentaba los rígidos miembros

por el frío y el hambre ateridos

del niño y del viejo.

De la hoguera sentados en torno,

en sus brazos la madre arrullaba

al infante robusto; daba vuelta,

afanosa la andana sus dedos nudosos,

al huso, y al alegre fulgor de la llama,

ya la joven la harina cernía,

o ya desgranaba

con su mano callosa y pequeña,

del maíz las mazorcas doradas.

Y al amor del hogar calentándose

en invierno, la pobre familia

campesina, olvidaba la dura

condición de su suerte enemiga;

y el anciano y el niño, contentos

en su lecho de paja dormían,

como duerme el polluelo en su nido

cuando el ala materna le abriga.







2





Bajo el hacha implacable,

¡cuán presto en tierra cayeron

encinas y robles!; y a los rayos del alba risueña,

¡qué calva aparecela cima del monte!

Los que ayer fueron bosques y selvas

de agreste espesura,

donde envueltas en dulce misterioal

rayar el díaflotaban las brumas,

y brotaba la fuente serena

entre flores y musgos oculta,

hoy son áridas lomas que ostentan

deformes y negras sus hondas cisuras.

Ya no entonan en ellas los pájaros

sus canciones de amor, ni se juntan

cuando mayo alborea en la fronda

que quedó de sus robles desnuda.

Sólo el viento al pasar trae el eco

del cuervo que grazna, del lobo que aúlla.








3





Una mancha sombría y extensa

borda a trechos del monte la falda,

semejante a legión aguerrida

que acampase en la abrupta montaña

lanzando alaridosde sorda amenaza.

Son pinares que al suelo, desnudo

de su antiguo ropaje, le prestan

con el suyo el adorno salvaje

que resiste del tiempo a la afrenta

y corona de eterna verdura

las ásperas breñas.

Árbol duro y altivo, que gustas

de escuchar el rumor del Océano

y gemir con la brisa marina

de la playa en el blanco desierto,

¡yo te amo!, y mi vista reposa

con placer en los tibios reflejos

que tu copa gallarda iluminan

cuando audaz se destaca en el cielo,

despidiendo la luz que agoniza,

saludando la estrella del véspero.

Pero tú, sacra encina del celta,

tú, roble de ramas añosas,

sois más bellos con vuestro follaje

que si mayo las cumbres festona

salpicadas de fresco rocío

donde quiebra sus rayos la aurora,

y convierte los sotos profundos

en mansión de gloria.

Más tarde, en otoño

cuando caen marchitas tus hojas,

¡oh roble!, y con ellas

generoso los musgos alfombras,

¡qué hermoso está el campo;

la selva, qué hermosa!

Al recuerdo de aquellos rumores

que al morir el día

se levantan del bosque en la hondura

cuando pasa gimiendo la brisa

y remueve con húmedo soplo

tus hojas marchitas

mientras corre engrosado el arroyo

en su cauce de frescas orillas,

estremécese el alma pensando

dónde duermen las glorias queridas

de este pueblo sufrido, que espera

silencioso en su lecho de espinas

que suene su hora

y llegue aquel día

en que venza con mano segura,

del mal que le oprime,

la fuerza homicida.







4






Torna, roble, árbol patrio, a dar sombra

cariñosa a la escueta montaña

donde un tiempo la gaita guerrera 105

alentó de los nuestros las almas

y compás hizo al eco monótono

del canto materno, del viento y del agua,

que en las noches del invierno al infante

en su cuna de mimbre arrullaban.

Que tan bello apareces,

¡oh roble!de este suelo en las cumbres gallardas

y en las suaves graciosas pendientes

donde umbrosas se extienden tus ramas,

como en rostro de pálida virgen

cabellera ondulante y dorada,

que en lluvia de rizos

acaricia la frente de nácar.

¡Torna presto a poblar nuestros bosques;

y que tornen contigo las hadas

que algún tiempo a tu sombra tejieron

del héroe gallego

las frescas guirnaldas.




[...]



15




Alma que vas huyendo de ti misma,

¿qué buscas, insensata, en las demás?

Si secó en ti la fuente del consuelo,

secas todas las fuentes has de hallar.

¡Que hay en el cielo estrellas todavía,

y hay en la tierra flores perfumadas! ¡Sí...!

Mas no son ya aquellas

que tú amaste y te amaron, desdichada.






16






Cuando recuerdo del ancho bosque

el mar doradode hojas marchitas que en el otoño

agita el viento con soplo blando,

tan honda angustia nubla mi alma,

turba mi pecho,que me pregunto:

"¿Por qué tan terca,tan fiel

memoria me ha dado el cielo?"







17






Del antiguo camino a lo largo,

ya un pinar, ya una fuente aparece,

que brotando en la peña musgosa

con estrépito al valle desciende.

Y brillando del sol a los rayos

entre un mar de verdura se pierden,

dividiéndose en limpios arroyos

que dan vida a las flores silvestres

y en el Sar se confunden, el río

que cual niño que plácido duerme,

reflejando el azul de los cielos,

lento corre en la fronda a esconderse.

No lejos, en soto profundo de robles,

en donde el silencio sus alas extiende,

y da abrigo a los genios propicios,

a nuestras viviendas y asilos campestres,

siempre allí, cuando evoco mis sombras,

o las llamo, respóndenme y vienen.






18





Ya duermen en su tumba las pasiones

el sueño de la nada; ¿es, pues,

locura del doliente espíritu,

o gusano que llevo en mis entrañas?

Yo sólo sé que es un placer que duele,

que es un dolor que atormentando halaga,

llama que de la vida se alimenta,

mas sin la cual la vida se apagara.







19





Creyó que era eterno tu reino en el alma,

y creyó tu esencia, esencia inmortal;

mas, si sólo eres nube que pasa,

ilusiones que vienen y van,

rumores del onda que rueda y que muere

y nace de nuevo y vuelve a rodar,

todo es sueño y mentira en la tierra,

¡no existes, verdad!







20







Ya siente que te extingues en su seno,

llama vital, que dabas

luz a su espíritu, a su cuerpo fuerzas,

juventud a su alma.

Ya tu calor no templará su sangre,

por el invierno helada,

ni harás latir su corazón,

ya falto de aliento y de esperanza.

Será cual astro que apagado y solo,

perdido va por la extensión del cielo,

mudo, ciego, insensible,sin goces,

ni tormentos.





21




No subas tan alto,


pensamiento loco,que el que más alto


sube más hondo cae,


ni puede el alma gozar del cielo


mientras que vive envuelta en la carne.


Por eso las grandes dichas de la tierra


tienen siempre por término grandes catástrofes.





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